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Roomies: amigos y rivales

by • 8 septiembre, 2014 • COLABORADORES, TOP 5Comentarios desactivados en Roomies: amigos y rivales1809

Por @Nivonog

La casa se convierte en un campo de batalla y la colina a capturar es el baño; La casa se derrama de entre los dedos, pues la propiedad privada no es más que un cuento de hadas para los milénicos, que por cuestiones económicas deben de compartir techo con desconocidos para sobrevivir. Hoy hablaremos de roomies.

Los roomies son esa entidad que se funde en cada decisión de tu vida, son ese nuevo pariente que se convertirá en confidente y rival (así, como en telenovela adolescente), son un eterno peregrinar frente al altar del “no me alcanza para pagarme un departamento con mi sueldo de becario”. Perdón papá, perdón mamá, la bonanza económica sigue sin empezar.


Por su propio bien, no reproduzca esto.

Cuando hay dos baños enteros en la casa, el 50% de los posibles problemas están solucionados. Cuando no, la primera batalla se da al amanecer; ¿se bañará  antes que yo? ¡Debo despegarme las sábanas, debo ir a bañarme! El sonido de la regadera acaba con cualquier ilusión de llegar temprano al trabajo y da pie para comenzar el día lleno de amables ganas para no hacer caso a nadie.

Otra batalla se da frente al lavatrastes; Este plato es tuyo de hace tres semanas, sí, sé que mi olla lleva un mes sobre la estufa y está incubando un nuevo Phylum taxonómico, pero no estamos hablando de mi olla. O sí. O no. O en realidad no importa, porque las discusiones suelen ser caballos de troya para liberar la frustración de quiero-a-mi-mamá de ambos.

El momento de las parejas es un momento delicado. Roomie decide que su pareja vivirá en la casa, comerá de la comida, usará el jabón y la lavadora, tendrá su propio juego de llaves. La susodicha pareja no pagará renta. La ya mencionada persona no pagará gas ni agua pero sí chupará wi-fi. El consabido ente gustará de hacer ruidos fuertes por la noche, a una habitación de distancia. El único modo conocido para contrarrestarlo es traer a tu propio ente a casa, para que el pago de renta se divida entre un montón, si es que el montón se deja. Si no, haga los ruidos molestos por la noche usted mismo. No se arrepentirá.

Ante tan apabullante panorama, debo decir que no es más que un placer vivir con alguien; el placer de la mugre ajena y de observar un eterno desfile de desconocidos rumbo a la habitación del roomie. El placer de tener con quien charlar y de no extrañar, y de no tener qué embarcarse en una relación sexual para no estar solo.

Por lo tanto, mi consejo de experto autotitulado en relaciones citadinas es el siguiente; cene con su roomie, aprovéchelo. No permita que los disgustos falsos y su añoranza por el útero materno destruyan una de las pocas relaciones sinceras que podrá construir a lo largo de la existencia. Un roomie nunca será lo suficientemente limpio para usted, ni lo suficientemente silencioso, pero si por un momento calla los prejuicios que arrastra desde casa de sus padres, descubrirá que todo eso no importa si se charla bien con él después del arduo trabajo.


Abra una cerveza, brinde y relájese, que para eso es la vida.

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