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Editorial: Casa vacía de símbolos

by • 14 julio, 2014 • COLABORADORES, TOP 5Comentarios desactivados en Editorial: Casa vacía de símbolos1795

CASA VACÍA DE SÍMBOLOS

Por Rodrigo Nivonog

Soy un fulano que otorga simbolismos a muchas cosas, como cualquier otra persona o muppet. Mis antepasados judíos reclaman una estrella de David en mis muros del alma en contraposición (o complementación) con la cruz indígena pegada en el fondo de mi espalda duranguense; El logo de Google observa cuidadoso mis movimientos y me recuerda que toda mi vida productiva sucede en sus servidores, que si un día me cierran Google me cierran el cerebro; Los monos de peluche de Mario Bros, los regalos de ex novias, los diplomas con mi carota estampada  dando fe de que logré algo, lo que sea… Todos son símbolos que surgen de mi historia y pretenden ponerse en mis paredes.

De adolescente mis paredes gritaban. No sé en qué momento decidí que la puerta de mi cuarto tendrían esquelas pegadas “porque nadie recuerda a los muertos”. Imprimí la letra de Más de cien mentiras de Sabina y la pegué en el techo, sobre mi cama. Recuperé del bote de basura de la escuela las boletas de alumnos de hace 50 años, recorté las fotos y las enmarqué tras el escritorio. Robé la efe gigante del Carrefour Universidad cuando quebró. Expropié con la autoridad que me daba la sinrazón un símbolo de “cuidado con el tren” en la estación abandonada de Durango y la puse tras la cama. Incluso escribí en una manta con pintura roja “EPSUM VITA PRIVARE”, el término latino para suicidarse y lo colgué de la ventana para que todos lo vieran. No, no era un darks, más bien había pasado demasiado tiempo de la infancia en muestras de arte contemporáneo con mis tíos críticos de arte.

Creo que todo ello era un intento de generar mis propios símbolos y renunciar a los símbolos impuestos por la cultura de masas. ¿Por qué? Por pinche adolescente pesado e infumable, por eso.

Con la edad las paredes poco a poco se desnudaron y cuando me mudé a mi propia casa, pronto me di cuenta de que el cuarto blanco completamente era más acogedor… y más tranquilo. de repente aprendí a querer el silencio. Sigo sin ser fan de los símbolos de masas (por pinche adulto contemporáneo infumable, por eso) pero ahora me gusta otorgarle significado al vacío; una pared blanca permite transformarla día tras día, dejar que el discurso que nos define suceda en el interior y fluya, y cambie como un río, no intentar hacerla permanente en los muros.

Ahora mis paredes son blancas y silenciosas; Por eso ahora puedo escribir esto, porque no hay un mundo gritándome a mi alrededor. Me siento más yo porque ya no dependo de símbolos ajenos para autodefinirme.

PD.- Me deshice de los adornos.

Excepto de la efe gigante del Carrefour, esa sí está padrísima y si la quieren la van a tener qué ARRANCAR DE MIS MANOS FRÍAS Y MUERTAS, MALDITOS ICONOCLASTAS Y PURITANOS DE LA IDENTIDAD. DÉJENSE VENIR.

 

 

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