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Gigante y Watson: dos grandes mascotas.

by • 19 agosto, 2014 • COLABORADORES, MASCOTAS, TOP 5Comentarios desactivados en Gigante y Watson: dos grandes mascotas.1917

Por Rodrigo Nivonog

Mi madre vivió toda su vida con perros y casas de patio, y así se acostumbró. Mi padre creció en la alta sociedad de Durango, México, y nunca tuvo ninguna mascota, pues eso no era de hombrecitos allá en el norte en los 50 (a menos que la mascota fuera un caballo, aunque eso no contaba como mascota propiamente, sino como herramienta y signo de hombría vaquera).

Yo de niño vivía entre esos dos universos y en un departamento. Cabe decir que siempre fui chico de departamento, sin amigos de la colonia, sin jugar futbol en la calle, sin meterme a casas embrujadas, sin que ningún otro niño tocara la puerta y dijera «Señora mamá de Rodrigo, ¿puede salir Rodrigo a jugar?». Mi mejor compañero de juego fue el Game Boy, luego el Nintendo 64 y por último el Internet.

Mi deseo de tener un perro fue ambivalente; me caían bien, pero me daban cosita. ¿Qué eran esas bestias cuadrúpedas y lengüetudas con cara de amigos y dientes pesadillezcos?. A los cinco años tuve sin embargo mi primera aproximación a los seres vivos, pues en el acuario del Gigante de Mixcoac, pedí a mis padres que me compraran una tortuga. Consecuentemente la tortuguita chiquita chiquita se llamó Gigante.

A esas edades no se tiene noción del tiempo, pero no debe haber vivido más de tres meses. A mí la tortuga me decepcionaba porque no jugaba como los perros de los comerciales ni aprendía karate como las tortugas ninjas (luego me dí cuenta que no era ni adolescente ni mutante). Mis padres la cuidaban y limpiaban sin mucho cariño, más por obligación que por amor a los reptiles. No recuerdo en qué circunstancias murió, pero sé que fue cerca del año nuevo. Creo que ni siquiera noté su ausencia.

Siete u ocho años después a mis padres les entró, ahora sí, la idea de tener un perro. Nos habíamos mudado a un condominio horizontal, entonces ya teníamos espacio para él. Me preguntaron si yo quería y en mi adolescencia contesté que si no lo tenía qué cuidar yo, que trajeran los cuadrúpedos necesarios.

Era un Beagle y se llamaba Watson. Me caía bien, era simpático y atrabancado. Mientras escribo esto, la boca de mi estomago se contrae en un acto de ternura y mis ojos se humedecen un poco. ¡Oh, Watson, cuánto cariño no te dí en su momento, cuánta soledad y extrañeza debes haber pasado! Primero nos llevamos re bien. Él era cachorro y yo -aunque me cueste admitirlo- también. Se acostaba en mi panza y veíamos tele juntos. Luego creció y mis padres decidieron que viviría en la azotea y… perro de azotea es perro triste. Al final, luego de un par de años, Watson se mudó a la casa de campo en Tlayacapan, donde podía correr, pero estaba sólo, porque íbamos cada dos semanas a dejarle su alimento.

Abandonado, el perro fue donado a un amigo de la familia con grandes terrenos en Xochimilco. Creo que no me despedí de él, pues a los 17 años uno se preocupa más por… no sé por qué, pero por otras cosas.

Watson murió hace un año y nunca más lo vi. Pero lo extraño. Lo extraño mucho.

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