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Se le olvidó que me olvidó

by • 4 noviembre, 2013 • AUNQUE USTED NO LO LEAComentarios desactivados en Se le olvidó que me olvidó4866

 

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Aunque hemos estado juntas y hablamos ocasionalmente, ella y yo sabemos que desde hace 11 años no nos hemos vuelto a ver.

No fue de un día para otro, las señales eran muy claras.  Primero se obsesionó con aprender inglés y se puso como meta querer ser maestra.  Iba diario a sus clases y realmente todos veíamos cómo se esforzaba por lograrlo, pero simplemente no podía avanzar.  Se hacía cartelones que pegaba por toda su casa con tablas de verbos conjugados y reglas gramaticales que, por más que repetía hasta el cansancio, nomás no lograba comprender.

Y es que nadie entendía por qué esto no pasaba, ella siempre fue una mujer brillante. Devoradora de documentales y libros sobre historia, arte e historia del arte.  Fiel seguidora de “La Reportera del Crimen” y del Discovery Channel, tejedora profesional, apasionada por la cultura egipcia, sarcástica coleccionadora de libros, tacitas de té y fanática de Elvis Presley y Freddie Mercury.

Me atrevo a decir que no he conocido a persona más desinteresada que ella, porque lo que ella más ha disfrutado es dar y compartir. Su cara de satisfacción al ver que te ponías el suéter que tejió por semanas o cuando te sentabas a desayunar con ella sus famosas “migas norteñas” con esos frijoles que solo ella preparaba; esa cara de felicidad y de amor total, es sin duda, otro de los tesoros de mi vida.

Ella me enseñó muchos de los pequeños secretos de la felicidad. Como el día que mi Mamá salió de viaje y brincamos en su cama hasta desvanecernos en carcajadas, o cuando me enseñó a coser y bordar “siempre, SIEMPRE tienes que usar enhebrador Melisita,  si no te vas a acabar los ojos” (y hasta la fecha lo sigo usando hasta cuando coso un botón).  Me regaló un hornito de peltre con un foco de bulbos que era de su bisabuela cuando vio mi frustración y profunda tristeza por no haber recibido nunca el hornito mágico en Navidad, me enseñó a hacer tortillas de harina al ritmo de las canciones de Elvis Presley y Queen, me animó a sentarme por primera vez frente a un piano a los 6 años, marcando con un plumón (sacrilegio!) las teclas que tenía que tocar para que no perdiera la paciencia y pudiera interpretar una melodía de corrido, también me enseñó que nunca (jamás) por ningún motivo, una mujer debe ir a dormir sin antes lavarse la cara con jabón neutro para quitarse el maquillaje y usar crema en el contorno de los ojos.

Mi abuela es uno de los amores de mi vida y yo sé que es recíproco. Esos amores no tienen mucha explicación, simplemente tuve la enorme fortuna de ser su nieta mayor, descendiente de su única hija mujer.

Poco a poco se fue apagando, de pronto la abuela vivía angustiada y se había convertido en un manojo de nervios.  Las cosas más simples la estresaban y todo significaba una confusión.  Esa ternura que la caracterizaba se convirtió en rabia, ella estaba muy enojada porque las cosas se salían de control.

La situación empezó a empeorar, alguna vez la encontraron perdida a un par de cuadras de su casa sin saber en dónde estaba ni cómo había llegado ahí. Por cuestiones familiares, la mejor decisión era que se fuera a vivir a Veracruz con uno de mis tíos, casualmente a ese lugar ella le tiene mucho cariño pues era en donde solía vacacionar con su Papá y siempre relacionó esa playa con paz y felicidad.

Antes de irse tuvimos un encuentro en el aeropuerto que pareció casual pero que marcó nuestra historia.  Ella tuvo unos minutos de lucidez y reconoció que se estaba diluyendo en un mar de recuerdos, que estaba reviviendo su infancia y olvidando su presente.   Ese día supe que las cosas no iban a volver a ser iguales y me despedí de ella con el abrazo más fuerte que pude darle, la llené de besos y con lágrimas contenidas de la mano de mi madre, vimos cómo se perdía entre la gente rumbo a la sala de abordar.

Se subió a ese avión y nunca más regresó.  Por muchos años me dolía mucho pensar que no era feliz y que estaba sufriendo, me costó entender que, estando físicamente aquí, ella ya no está.  Que no sufre porque no entiende qué es lo que está pasando, que no extraña porque no nos recuerda.

Mi Mamá y yo hablamos mucho de ella en pasado, y eso nos cala profundamente. Mutuamente nos corregimos y reafirmamos que está presente, que sigue aquí.

La he ido a ver un par de veces en estos años, tengo que acumular mucha fuerza emocional para poder sobrellevar estar con ella por que me muero de ganas de contarle cómo resultó ser mi vida, lo afortunada que he sido, lo enamorada que estoy, lo feliz que soy; quiero escuchar sus palabras siempre sabias y darles un significado mucho más maduro. Pero no hay forma… Ella me recuerda como la niña con la que saltaba en la cama y le cuesta entender que soy un adulto.

A veces vuelve…  Entiende que soy yo, que soy su nieta, y se llena de alegría y me toca la cara, se emociona y me reconoce, pero en el momento en el que empiezo a ponerla al tanto de lo que nos ha pasado en estos años, se vuelve a ir. De pronto, de la nada asume que soy de Veracruz,  me chulea los aretes que traigo puestos y me pregunta cómo me llamo.   Eso sucede varias veces en un día, mi único consuelo es saber que, aunque sea por unos cuantos minutos,  volvemos a estar juntas y es inmensamente feliz.

Todos sus cumpleaños le llamo por teléfono, esa llamada no tiene ni pies ni cabeza, pero al menos nos escuchamos.  A veces no tiene idea de quién soy y solamente agradece la felicitación, eso es justamente lo que pasó hace un par de días.  Aunque no puedo negar que me frustra y entristece,  no lo tomo personal.

Quiero ir a verla, espero poder hacerlo pronto, necesito su dosis de ternura; tengo muchos besos, mimos y abrazos acumulados para darle.  Volveremos a encontrarnos aunque sea por unos minutos y confirmaremos una vez más que no hay Alzheimer que pueda contra nosotras.

Al igual que con mi Papá, mi abuela y yo no caminamos a lo largo, sino a lo ancho.

 

 

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