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Jogis

La historia de María Emilia

by • 6 agosto, 2014 • AUNQUE USTED NO LO LEA, MASCOTAS, TOP 5Comentarios desactivados1696

 

Yo no fui una niña con una infancia feliz acompañada de mi perro fiel. Fui una niña feliz, dejémoslo ahí.

Mis padres crecieron en familias en donde las mascotas eran la última prioridad, ni Mamá ni Papá tuvieron una que los acompañara a disfrutar de los domingos en el jardín o a sobrellevar las épocas de tempestades ¿por qué aquí iba a ser lo contrario?

Y es que cuando eres asmática es complicado el tema de las mascotas, porque nada con pelo te viene bien. Entonces tuve tortugas, y me daba asco cambiarles el agua porque el olor me provocaba náuseas; naturalmente, el agua se estancaba hasta que con un grito de mi Mamá, me veía en la obligada necesidad de tener que hacerlo y sí… vomitaba.

Para qué nos hacemos, las tortugas no son divertidas pero “cumplían” con el papel de mascotas en mi infancia.

Cuando superé (o más bien controlé) la etapa asmática de mi vida, ya me interesaban otras cosas, pero no por eso dejó de intrigarme la adversión de mi Papá a los perros “Te ahorré un profundo dolor, una mascota se muere y es una gran pérdida en tu vida”, entonces ahí supe que de niño mi Papá alguna vez tuvo un perro que duró ni un mes y se murió.   Por el contrario, a mi Mamá simplemente nunca le interesó, era más importante la pulcritud de mi casa que aspirar pelo y recoger heces todo el día.

No contábamos con que Papá se iba a ir muy pronto, yo tenía solo 22 años y me había enfrentado a una de las más grandes pérdidas de mi vida (que yo argumentaba me tocaba sufrir, al menos, en 30 años más).

Pero uno no elige cuándo es buen momento para que pasen esas cosas, como tampoco puede planear cuando un perro te elige para pasar el resto de su vida contigo.

A mí, María Emilia Letizia Ribas (mejor conocida como “Jogis” “Coqui” “Coquitina” “Bodoque” o “Peluche”) me eligió un 21 de Diciembre del 2004; me siguió por la calle, me esperó muy sentadita a que yo saliera del bar al que iba (exacto! fueron varias horas), me acompañó a mi coche con una alegría y emoción que yo no conocía y a partir de ese día, me enseñó lo que es el verdadero amor incondicional.

Convencer a mi Mamá no fue tarea fácil, traer a un perro a la casa era una labor titánica, una verdadera revolución. Sobretodo porque en casa éramos 3 personas cero familiarizadas con el trato canino, pero en el camino fuimos aprendiendo.

Originalmente era solo “Emilia”, pero a la semana se ganó el nombre compuesto y el apellido. Y es que la primera vez que mi Mamá vio su cara de felicidad cuando se preocupó por cambiarle las croquetas porque sentía “que no le gustaban mucho”, se ganó a una nueva mejor amiga fiel. “Vienes de la calle, pero ahora eres una niña de familia y necesitas un nombre digno de la realeza” y ese día la bautizó como María Emilia Letizia Ribas.

Con María Emilia lloré mucho a mi Papá, a mis abuelos, a todos mis ex novios, el ascenso que nunca llegó, el aumento frustrado… Pero fueron más los momentos increíbles que pasamos, por esos días cuando venía a despertarme era la dosis de amor y alegría exacta que mi día necesitaba para arrancar.

Ella fue la compañera inseparable de mi Mamá, mi mejor amiga y la cómplice perfecta de mi hermano.   Realmente nos costaba trabajo entender cómo es que pudimos vivir sin ella toda la vida.

El día que me casé, la casa de mi Mamá era un desfile de personajes, todos emocionados arreglándonos para el gran evento. Ella estaba un poco triste, se sentaba en la orillita de la cola de mi vestido de novia para no dejarme ir y eso, eso fue lo que a mí me quebró y me hizo entender que ese día salía de la casa para no volver.

Todos los fines de semana la iba a ver y jugábamos como siempre, hasta que un día notamos cómo poco a poco se iba apagando hasta el triste momento en que tuvimos que tomar la difícil decisión de darle a cambio de todo el amor que nos había dado, una despedida digna y en paz.

Después de 8 años juntos fue muy difícil despedirnos. Mi Mamá realmente estaba inconsolable, no se podía imaginar su casa sin ella.   Y es que su partida era también el fin de una etapa en nuestras vidas, con María Emilia se fueron años muy difíciles pero a la vez entrañables. Al final mi Papá tenía razón, es profundamente doloroso despedirse de una mascota, pero lo que no le dio tiempo descubrir es, que al final del día, pesan infinitamente más los momentos entrañables y el amor recibido.

Al mes, mi Mamá adoptó un cachorro que tuvo que regalar a los 3 meses porque simplemente era un torbellino, el pobre Felipe no pudo con las comparaciones que constantemente le hacían con la mejor perra del mundo. Esos zapatos no se han vuelto a llenar.

A los 4 integrantes de mi pequeña familia nos gustaría volver a tener un perro en nuestras vidas, pero las circunstancias no se han dado. Creo que es cuestión de tiempo, algún día llegará ese perro que nos elija de nuevo y nos devuelva la enorme alegría y felicidad que es poder compartir tu vida con un ser de 4 patas.

Yo afortunadamente tengo un perro adoptivo (y adoptado de la calle) con el que convivo la mayor parte del día en mi oficina, lo quiero como a un sobrino perruno y lo malcrío cuando su padre no me ve, con él saco mis emociones caninas resguardadas. Se llama Pei (pero para mí es Tocino) y es muy guapo (en mi cuenta de Instagram hay varias fotos que comprueban nuestro amor).

Tengo la firme convicción de que ellos nos eligen a nosotros, abre bien los ojos porque puede que ya te hayan encontrado y no te hayas querido dar cuenta.

 

 

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