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La flama eterna

by • 22 agosto, 2012 • AUNQUE USTED NO LO LEAComentarios desactivados en La flama eterna1434

 

Hay momentos en la vida que caen «como balde de agua fría». Uno de ellos es el día que se muere el bóiler. Esa pequeña flama a la que nunca se le tira un lazo manifiesta su importancia el día que se apaga.

 

La primera que recibe la noticia y le llora desconsoladamente litros y litros de agua es la regadera… Ahí estamos nosotros desnudos (semi-dormidos aún), testificando su pesar. Hay subnormales que están acostumbrados a dejar la llave abierta hasta que empieza a salir «vaporcito» y se dan cuenta de que algo no anda bien a los veinte minutos, no a los dos o tres en que el fenómeno se manifiesta. Cuarenta litros más tarde salen descalzos y entoallados a ver qué demonios pasa y es ahí, es ese el momento en que la flamita tiene más poder que nunca: el resto del día (o de la semana) girará en torno a ella y provocará que la gente te diga justo lo que ni siquiera deseas contemplar: «Si te quieres venir a bañar a mi casa…»

 

La flama del bóiler (o como utópicamente nos gustaría llamarla: el fuego eterno) tiene una forma aún más infame de hacerse justicia y es apagándose justo en el momento en que nos hemos dado ya dos masajes espumosos de cráneo con shampoo.  Como mujer, lavarse el pelo con agua fría es una de las sensaciones más incómodas y deprimentes que hay; seamos realistas, para el hombre no hay tanto drama (tardan mucho menos).  Lo que no discrimina es el mal humor que el agua fría impregna en hombres, mujeres, niños, animales, cochambre, grasa, etc…

 

¿Quién será el valiente que se anime a intentar prender el bóiler sin miedo a que le explote? ¿Dónde está «el Chapulín Colorado» cuando realmente se le necesita? ¿Qué será de mí sin cejas? ¿Por qué no fui más amable con el portero para que suba a ayudarme? Estos son solo algunos de los cuestionamientos que pasan por nuestra mente mientras se busca una servitoalla o un papel periódico y un encendedor para activarlo de nuevo.

 

Tener un rollito de papel encendido junto al tanque de gas (que en cualquier momento puede dar un flamazo fulminante) es aún más peligroso que darse un festín de mariscos en un puesto callejero; sin embargo, nunca hemos estado envueltos en una toalla, muertos de frío y con los ojos llenos de jabón, desesperados por comer una pescadilla rebozada en salmonela.

 

Démosle a la flama del bóiler la justa importancia, cuidado y respeto que merece, mantengamos siempre viva la chispa en nuestro hogar.

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