e

Crónicas de Israel – Primera parte

by • 1 diciembre, 2013 • AUNQUE USTED NO LO LEAComentarios desactivados en Crónicas de Israel – Primera parte3920

 

Originalmente, mi idea era hacer un relato diario sobre la experiencia de conocer Israel en 6 días, con lo que no contaba era con las emociones que esta aventura exhaltaría. Entonces me dediqué a vivirlo, a respirarlo, a tratar de entenderlo… Las palabras vendrían después.

La verdad es que hoy, ya en casa y todavía padeciendo algunos estragos por el largo viaje y cambio de horario, no tengo muy claro por dónde empezar a describir lo que para mí significó este viaje.

Todo comenzó en Jerusalén, una ciudad con una energía indescriptible. Prácticamente todas las religiones convergen ahí y conviven en una tensa paz; independientemente de cuáles sean tus creencias, la espiritualidad de Jerusalén te toca, te conmueve e irremediablemente, te lleva a la introspección. ¿En qué crees realmente? ¿Hacia dónde ha ido tu fe en el transcurso de tu vida y hacia dónde quieres que vaya? ¿Cuánto has sufrido? ¿Cuánto has sanado? ¿Qué es lo que verdaderamente te ha hecho crecer? ¿En qué momento te convertiste en esta persona?

Esas son solo algunas de las preguntas que me hice durante el recorrido que hicimos por el Monte de los Olivos, la ruta del Vía Crucis, El Santo Sepulcro y el Muro de los lamentos (todo esto pasó en un transcurso de no más de 5 horas), quizá ahora va siendo más claro por qué Jerusalén te deja sin aliento.

En el Muro de los lamentos tuve una de las experiencias más connmovedoras de mi vida hasta ahora. Cual turista cualquiera, escribí un papel con peticiones para ponerlo en un orificio del muro (si es que encuentras alguno libre, si no, solamente lo pones encima, debajo o junto los cientos de miles de papelitos que hay). El Muro está divido por una malla, el lado izquierdo es para los hombres y el derecho para las mujeres. Conforme me fui acercando a él, sentía cómo se me erizaba la piel paso a paso y es que la energía de tantas personas juntas orando (vuelvo a lo mismo, esto sucede independientemente de cualquiera que sea tu religión), te toca; entonces encontré un lugar, coloqué mi papelito e intenté unirme a la oración. Una mujer (que por su aspecto me atrevo a decir es judía ortodoxa), se paró junto a mí y empezó a orar en voz alta mientras la ahogaba un llanto desesperado que claramente venía desde las entrañas. Sus lágrimas inundaron mi espacio, era imposible no conmoverse y quebrarse en llanto con ella. Las ganas de abrazarla y hacerle sentir que estaba con ella se me desbordaban con cada lágrima, pero al no conocer su «código», no quise dar pie a una situación que, además, podría haberla incomodado. Entonces solamente me quedé junto a ella, después me senté en una sillita que estaba justo detrás y la acompañé un rato.

Adriana fue una de mis compañeras de viaje, ella presenció también este momento y procedió exactamente igual que yo. Cuando salimos del Muro, de alguna extraña manera (porque no hablamos con ella, porque ni siquiera entendíamos sus palabras), las dos supimos y prácticamente dijimos al unísono que esa mujer lloraba por un hijo que había muerto. No hay palabras para explicarlo y ni siquiera me atrevo a ponerlo en duda, algo sucedió que va mucho más allá de lo tangible que hizo que, por unos minutos, nos uniéramos en un plano espiritual en donde pudimos acompañarla en su dolor.

Después de esa experiencia no parecía fácil zafarse de la tristeza y dejar ir ese momento, pero Jerusalén todavía tenía mucho más para mí.

La siguiente parada fue conocer el mercado árabe de la ciudad vieja. A estos recintos se les conoce como “shuks” y son tal cual los ves en las películas: llenos de gente, ruidosos, coloridos, con telas y tapetes colgantes y un olor concentrado a deliciosas especias. Siempre he sido de la idea de que más allá de las calles y el tráfico, el pulso de las ciudades está en sus mercados, por eso me declaro fanática o “shukaholic” como bien definieron mis compañeros de viaje. A mí no me lleves a las corridas a un mercado porque lo más probable es que te desquicie, nada ni nadie me detiene a ver cada una de las cosas que venden y a platicar con la gente.

La hora de la comida llegó y no podía encontrarnos en un lugar mejor, la terraza de un viejo edificio cuya entrada está en pleno Shuk, fue el escenario de uno de los más excelsos festines de falafel que he tenido en mi vida. De pronto, nos sorprendió el llamado a la oración de la Mezquita que estaba justo a espaldas de nosotros, es el canto de una voz masculina que claramente denota devoción.

En ese momento recuerdas la cercanía con los países Palestinos y la cantidad de conflictos que han tenido árabes e israelíes y no puedo negar que inminentemente te recorre un escalofrío por todo el cuerpo, pero al menos en ese momento hay paz en el aire y ese sentimiento se diluye conforme vas conociendo Israel y platicando con su gente, a ellos no los mueve el miedo, sino la fe.

La palabra hebrea para fe es “Emunah”, pero su traducción no es literal ya que ésta comprende un significado mucho más profundo. Emunah es tu fe basada en los hechos reales de tu vida, en el aprendizaje que has tenido, en las buenas y malas experiencias; es exactamente “eso” en lo que has creído y que te ha llevado a ser quien eres hoy y que te llevará a ser quien seas mañana.

No habían pasado ni 24 horas en Jerusalén y yo ya estaba enamorada de Israel, aún no sabía que lo que me deparaba el siguiente día, me marcaría de por vida…

 

DSC00067 DSC00125 DSC00136 DSC00130 DSC00194 DSC00192 DSC00291 DSC00300 falafel DSC00348

 

 

Related Posts

Comments are closed.