e

1999 y la mejor roommate del mundo

by • 1 septiembre, 2014 • AUNQUE USTED NO LO LEA, TOP 5Comentarios desactivados en 1999 y la mejor roommate del mundo1887

 

A veces creo que me faltó tener más experiencia en ese rubro, pero la verdad es que son pocas o nulas las historias de roommates felices que terminan bien. La gran mayoría de las veces acaban peleados a muerte, con broncas de dinero o peor aún, rehabilitados después de una tormentosa relación amorosa que no los llevó a nada.

En su momento no lo pude hacer por una mera cuestión económica. Cuando por fin empecé a ganar un poquito más y podría haberlo hecho, preferí ayudar a mi Mamá con los gastos de la casa y aliviarla con eso, una vez que podía lidiar con esa ayuda y una renta extra, se me atravesó el amor y pues nada, adopté la entonces casa de mi novio como mi segundo hogar y de ahí salí derechito al altar hace casi 5 años.

Si a los hechos nos vamos, he de confesar que solo he tenido una roommate en mi vida, afortunadamente fue la mejor que pude tener.

Cristina es uno de los grandes regalos que la vida me ha dado. Nos conocimos cuando teníamos 13 años en la Alianza Francesa y coincidimos en que las dos perseguíamos lo mismo: escaparnos a París cuando tuviéramos 18 años.

Corría el año de 1999 (y no, no me siento vieja por delatar la fecha) y por azares del destino, rebeldía adolescente y mucha necedad, Cristina y yo logramos irnos París y vivir parte de un verano, el otoño y un invierno.

La vida nos puso en el camino un estudio minúsculo al que llamábamos nuestra “caja de zapatos” porque no deberá haber medido más de 20 x 5 m. (real), una minúscula barra de cocina, dos hornillas y un baño en decibel en el que tenías que bañarte agachado. Pero la ubicación era perfecta, estábamos en el corazón del Barrio Latino a menos de una cuadra del Puente de las Artes (cuando no tenía ni un solo candado y era solo nuestro) y el Louvre para nosotros era ese enorme vestíbulo que por las noches parecía hipnotizarte con los violinistas, flautistas y demás personajes que clandestinamente se dan cita.

Pese a que yo fui una adolescente insegura y sumamente conservadora (víctima de mi propio sobrepeso) y que mi París fue un laboratorio de prueba porque realmente luché contra todo para tratar de romper esas barreras que yo misma me había impuesto (y hacía cosas como encerrarme en nuestro estudio a las 10 de la noche para ver Ally McBeal en francés mientras la vida sucedía afuera), para mí fue una de las mejores y más entrañables etapas de mi vida.

Y es que París no hubiera sido París sin Cristina. Ella fue la dosis de amor, valentía y alegría que yo necesitaba para sobrevivir.

Las labores de la casa estaban divididas, ella limpiaba el baño y yo me hacía cargo de la cocina. El resto (que tampoco era demasiado) nos lo dividíamos conforme el humor del día, pero la verdad, nuestra cajita de zapatos solía estar bastante decorosa y llena de gente.

Puedo cerrar los ojos y acordarme hasta del olor de ese lugar y el sin fin de anécdotas que ahí vivimos. Las noches que nos quedábamos hablando hasta tarde mirando la ventana del techo (que nunca pudimos cerrar), recordando México, extrañando la comida y las pocas ganas que teníamos de regresar mientras sonaba en loop un cassette con la canción de Juliette…

Un día compramos dos mazos de cartas para jugar Continental mientras lavábamos ropa (eran un par de horas que se hacían eternas en la lavandería). El tema era que las cartas “bonitas” que tenían una Torre Eiffel habrán costado 30 francos (que en aquel entonces eran 5 dólares) y unas cartas de muchachitas “traviesas” encueradas, 10 francos (1.50 USD). Dado que eso significaba una diferencia de un combo en Quick (el Fast food local más famoso en Francia por esos días), optamos por las cartas “picosas”.

Creo que en esa lavandería deben seguir retumbando nuestras carcajadas, “Ya sé que no te lo debo decir, pero es que no sabes lo que es la reina de corazones. -No no no, porque no has visto al As de espadas, te lo juro…” Y así todo el ciclo de lavado y secado del único juego de sábanas que teníamos para nuestro futón y de nuestra ropa teñida de gris-rosáceo.

Nuestra dieta básicamente era: cereal, pasta y un pollo a la semana. Y cuando digo un pollo es literal, no es por nada, pero yo realmente sabía cómo aprovecharlo. Lograba hacerlo caldo, al horno, ensalada y sándwich.   Nos llevábamos nuestro pollo al puente y cenábamos a la orilla del Sena, no nos hacía falta nada más.

En algún momento de la travesía, los papás de Cristina viajaron a París y su mamá llegó a nuestra cajita de zapatos con una especie de pintura impresionista cuyo sentido no entendimos hasta que develó el gran secreto: era una caja gigante de chocolates de Sanborn’s (que a la distancia y con presupuesto reducido, cada mordida te sabe a un pedazo de gloria). Esos chocolates eran uno de nuestros tesoros más preciados, nos duraron más de dos meses porque realmente supimos dosificarlos. Bastaba con decir “es hora de la cultura” para sacar la pintura debajo del futón y elegir el chocolate del día.   En ese entonces fumábamos Lucky Strikes y nos sentíamos mujeres de mundo con un cigarro y un chocolate en mano mientras resolvíamos nuestras vidas desde nuestro minúsculo apartamento en París.

La calidad de mi roommate era tal, que cuando llegó el otoño y yo me harté de usar los mismos 2 suéters todo el tiempo, ella me prestaba los suyos sin importar que se los regresara estirados 4 tallas más grandes que ella. O cuando me deprimía y me llevaba a Sephora (cuando solo había 3 tiendas en el mundo) para “arreglarnos” y después perdernos por ahí.

Son muchas las anécdotas, podríamos escribir un libro de lo que fue ese viaje en nuestras vidas, tengo fe en que ella un día lo haga.

Estoy convencida de que Cristina fue mucho mejor roommate para mí de lo que fui yo para ella, pero conociendo su historia de roommates posteriores, quiero pensar que dentro de ese contexto pude no haber sido la peor.

20 años después, hemos sobrevivido a París, Amsterdam, Nueva York y ahora Vancouver. La distancia se nos ha cruzado en el camino y nuevamente estamos aprendiendo a sobrellevarla, afortunadamente hoy se hace un poco más llevadera que hace unos años, pero no por eso extraño inmensamente el tenerla cerca.

“El día se nos va y el mar aún no se ha visto, el año que viene saldremos más pronto, verás…” Gracias Pooch por estos primeros 20 años juntas, te amo con todo mi corazón.

 

 

 

Related Posts

Comments are closed.